¿Quién da el crecimiento?

por Ramesh Richard

Una profunda preocupación pesaba sobre la delegación estadounidense en medio de uno de los momentos más gozosos de la historia cristiana. Algunos líderes de misiones que participaban en la Consulta Global sobre Evangelización Mundial, celebrada en mayo de 1995 en Seúl, Corea, veían amenazados los sueños que habían abrigado. La posibilidad de duplicar rápidamente los fondos que sus organizaciones habían invertido por medio de una fundación de la costa este, que parecía ser confiable, se había esfumado. De hecho, todo indicaba que perderían incluso el capital inicial que habían colocado en aquel plan de inversión que prometía un crecimiento acelerado. Aparecieron entonces las reacciones habituales ante una pérdida y el duelo que ésta suele presentar. La negación pronto dio paso a la racionalización: “En realidad, no perdimos tanto. Lo hicimos de buena fe. Al fin y al cabo, era dinero del Señor. Muchas organizaciones reconocidas también habían participado”. Y así sucesivamente.

Sin alegrarme por la desgracia ajena, permítame llamar la atención del mundo cristiano de las organizaciones sin fines de lucro sobre algunos asuntos que considero cruciales. Para evitar que estas palabras parecieran oportunistas, en un principio pedí que esta reflexión —en parte manifiesto y en parte diagnóstico— se publicara de manera anónima. Con el paso del tiempo y todavía con cierta aprehensión, me siento ahora en libertad de revelar mi identidad.

Permítame compartir brevemente algo de mi trasfondo personal para establecer un punto de contacto con usted como líder cristiano. Dirijo una pequeña organización que sirve en países con economías de menores recursos. Al igual que en su caso, la magnitud de las necesidades supera con creces nuestra capacidad para recaudar fondos. Sin embargo, por ser una organización pequeña y tener una visión muy específica, quizá la presión financiera que enfrentamos no sea tan intensa como la suya. Aun así, siempre está presente la tentación de crecer rápidamente ante las oportunidades que creemos que Dios nos ha dado y en nombre de ellas. Esas oportunidades están ahí, persisten y llegan incluso a inquietarme hasta lo más profundo del alma durante las noches de desvelo. He optado deliberadamente por avanzar con lentitud, aunque donantes, especialistas en recaudación de fondos y personas con gran capacidad de influencia me aseguran que “esto podría cobrar un impulso extraordinario” si recurriéramos a todos los medios a nuestro alcance.

Irónicamente, apenas una semana antes de que aquella fundación colapsara, amigos de confianza nos habían recomendado presentar allí nuestros proyectos. Nos aseguraron que nuestro programa cumplía sobradamente incluso con los criterios más exigentes de la fundación y que, por ello, tendría muy buenas posibilidades de recibir una consideración favorable. Probablemente yo también “me habría dejado convencer” por aquella oportunidad y habría terminado hundido. La gracia de Dios nos protegió. Todavía me angustia pensar por qué Él decidió no proteger de la misma manera a otros.

A raíz de esta debacle financiera, quisiera proponer algunos principios para orientar nuestra manera de pensar, nuestras motivaciones y nuestra forma de vivir frente al dinero y al crecimiento en el ministerio cristiano. No se trata de fórmulas que garanticen el éxito o eviten el fracaso ministerial. Más bien, son un intento de incorporar la integridad bíblica a la manera en que usted discierne la voluntad de Dios para su ministerio.

Primero, desarrolle una manera de pensar bíblica acerca del dinero, el crecimiento y el ministerio.

¿Es el dinero una deidad? Por supuesto que no. Lo sabemos muy bien. El dinero no es el Dios de su ministerio. Tampoco el ministerio debe convertirse en su dios. Dios es Dios, tanto por quien Él es como por el lugar que le corresponde ocupar. Su ministerio debe vivir, moverse y existir en Él. Lamentablemente, en la práctica, el dinero puede llegar a ocupar un lugar semejante al de una deidad dentro del ministerio y terminar siendo el criterio final para tomar decisiones ministeriales.

Desde una perspectiva bíblica, el dinero reclama ser “amado” y “adorado”. Tiende a conducirnos hacia la idolatría cuando pasa a ocupar el centro de la vida y se convierte en el factor determinante con el que pretendemos discernir la voluntad de Dios. También fomenta valores falsos, porque terminamos definiendo la felicidad, la seguridad y el contentamiento en función del dinero. Produce una falsa sensación de bienestar y alimenta la ilusión de que somos autosuficientes. Mamón procura multiplicarse “usando” el dinero que ya tenemos para obtener aún más; precisamente esa fue una causa evidente de aquella tragedia.

Desde una perspectiva espiritual, el dinero puede socavar la vida espiritual al ahogar la fe y debilitar su poder. También puede confundir nuestros criterios éticos al introducir nuevas tensiones y enturbiar nuestros deseos. De pronto, comenzamos a codiciar aquello que no tenemos —ni necesitamos— y encontramos buenas razones para justificarlo. Si usted no administra el dinero, el dinero terminará deformando su vida y su ministerio. Además, ejerce una presión constante para ascender en la escala económica. Con demasiada facilidad, y para nuestra desgracia, damos por sentado que progresar económicamente siempre es algo apropiado. De allí pueden surgir el orgullo basado en lo que poseemos y en la posición que alcanzamos, así como la tentación de utilizar el dinero para controlar a los demás.

Puesto que las Escrituras deben permear nuestra vida espiritual, quisiera compartir algunos principios que he procurado seguir al discernir la voluntad de Dios para nuestro ministerio frente a las circunstancias económicas. (1) No concluiremos cuál es la voluntad de Dios simplemente porque haya o no haya dinero disponible. Esta convicción requiere “fe”, porque procuramos discernir su voluntad independientemente de que los recursos estén disponibles o no. (2) Tampoco concluiremos cuál es la voluntad de Dios simplemente porque exista o no una necesidad.. Este principio requiere “trabajo”, porque implica comunicar esas necesidades a otros. (3) Cuando no hay ni “dinero” ni una “necesidad” inmediata, se hace evidente nuestra necesidad de fe, para confiar en que Dios proveerá los recursos antes de que surjan las necesidades. (4) Cuando contamos con el “dinero” y existe una “necesidad”, ambos pueden ofrecernos dirección para actuar, pero no deben definir por sí solos nuestra respuesta.

¿Demuestra el crecimiento que un ministerio es eficaz? El crecimiento de una organización no constituye, por sí solo, un indicador suficiente de su impacto ministerial. El crecimiento y el impacto pueden estar relacionados en apariencia, pero no necesariamente en esencia. El aumento de las cifras de un ministerio o de sus ingresos revela la respuesta que determinadas actividades han producido en comparación con un período anterior. No obstante, eso no significa necesariamente que el ministerio haya tenido éxito. La evaluación definitiva del fruto de nuestro ministerio tendrá que esperar el juicio de Dios.

La eficacia no puede medirse de manera simplista por medio de un crecimiento cuantificable. Es posible dirigir una excelente organización de un millón de dólares y otra de dos millones que resulte ineficaz. No mida el éxito por el tamaño, el crecimiento por las cifras ni los logros por el aumento del personal, los metros cuadrados de instalaciones, la cantidad de material producido o el presupuesto. Saber reducirse sin sentir vergüenza y crecer sin llenarse de orgullo son virtudes espirituales fundamentales. La idea de que “cuanto más grande, mejor” responde a un supuesto cultural que incluso nuestra propia cultura pone en duda con frecuencia. Por ejemplo, ¿aplicaríamos ese mismo criterio a la proporción entre profesores y alumnos en una universidad?

Debemos distinguir entre la planificación estratégica y la pretensión de darle carácter profético a nuestras previsiones. Más veces de las que quisiéramos, las decisiones administrativas —en especial aquellas que aumentan los gastos— se toman basándose en lo que suponemos que ocurrirá o debiera ocurrir en los años venideros. Si nuestro plan estratégico proyecta que dentro de algunos años tendremos cierto número de empleados y, por esa razón, hoy asumimos el compromiso de alquilar oficinas más grandes, eso no es planificación. ¡Eso es atribuirse una capacidad profética que la organización no tiene! Toda la enseñanza de las Escrituras acerca de la fragilidad y la incertidumbre de la vida se opone a semejante pretensión de anticipar el futuro. ¿Quién sabe? Dios incluso podría hacer que usted “crezca” más rápido de lo que prevé su propio plan.

Los miembros de la junta directiva, los donantes y el personal pueden estar impacientes por verlo “crecer”. Usted mismo quizá quiera “crecer”, sobre todo cuando ve que sus pares también están “creciendo”. Sin embargo, el “crecimiento” de organizaciones hermanas no constituye un juicio sobre usted; solo dice algo acerca de lo que ocurre con ellas, visto desde afuera. Tenga plena convicción de su llamamiento al ministerio y del campo de servicio que Dios le ha asignado. Sea fiel. Deje que Dios dé el crecimiento.

Busque oportunidades de servicio discretas y, quizá, incluso anónimas. No aspire a la gran oportunidad ni al gran donante. Llegarán a su debido tiempo, en el tiempo de Dios. La exaltación viene de Él. Dios lo exaltará a su debido tiempo. Y sí, cuando usted piensa que ese momento ya ha llegado, probablemente todavía no sea así.

Cuando perciba que ha llegado el momento de Dios para su organización, tenga especial cuidado con su propia miseria. Ese momento puede comenzar con Dios, pero el impulso posterior puede terminar siendo enteramente obra suya. Deje que Dios siga sorprendiéndolo, y no solo en el terreno económico. Si Él crea oportunidades que usted no buscó y las confirma, entonces también sostendrá el crecimiento sin manipulación, codicia ni presión.

Hace falta tanta entereza para renunciar al crecimiento como para fomentarlo. En estas cuestiones, usted debe discernir los tiempos de Dios. Mientras su ministerio crece, lleve en oración todo lo relacionado con ese crecimiento, porque un crecimiento imprudente puede causar un daño enorme tanto a usted como a su organización.

¿Ministrar a los donantes es un ministerio? ¡No! No, a menos que esa sea su misión declarada. Resuelva de una vez por todas que no permitirá que los donantes gobiernen su ministerio. Cuando eso ocurre, se confunden el propósito del ministerio y sus resultados. Si los donantes pasan a gobernarlo, pronto advertirá una desorientación tanto institucional como personal. En poco tiempo, su ministerio comenzará a amoldarse a las preferencias, expectativas y prioridades de los donantes. Al final, quedará reducido a ministrarles a ellos.

Me han dicho que quebranto con frecuencia una regla fundamental de la relación con los donantes: la comunidad a la que uno ministra y la base de donantes deberían coincidir en buena medida. Las iglesias son quizá el mejor ejemplo de esta regla. Los donantes no suelen dar si usted no les ministra. Aunque a menudo quebranto esa regla, no lo hago de forma intencional. Comprendo la realidad de la situación. Nuestra junta directiva se enfrenta con este problema porque las regiones donde desarrollamos el ministerio y aquellas donde recaudamos fondos están muy alejadas entre sí. ¿Cómo podemos esperar que las personas den si no cultivamos con ellas una relación personal? Una atención personal especialmente cuidadosa puede aumentar el reconocimiento de la organización y favorecer aportes más generosos. Aun así, nuestra razón principal de existir es proclamar a Cristo en regiones específicas fuera de los Estados Unidos. Debemos permanecer fieles a esa misión, cueste lo que cueste.

Si usted permanece fiel a la misión que Dios le ha asignado, quizá tenga que renunciar, con gracia, al apoyo de ciertos donantes. Prescindir de grandes donantes puede parecer inconcebible, pero no se les puede permitir que establezcan los límites ni impongan las condiciones de su visión. Créame, muchos donantes ya han decidido prescindir de usted. Dejar fuera a algunos suele abrir la puerta para que otros se sumen. No tema perder donantes por una misión que transforma vidas.

¿Son las relaciones con los donantes la misión? Evalúe sus actividades según el dinero y las horas que dedica a ellas. Luego pregúntese: ¿han pasado las relaciones con los donantes a ocupar, en la práctica, el lugar de la verdadera misión de esta organización? Incluso si su misión declarada es recaudar fondos, distinga entre los propósitos secundarios y el propósito principal. La recaudación de fondos es siempre un medio para alcanzar un fin mayor. Usted debe ministrar a los donantes, pero sin confundir esa tarea con la misión de la organización. Ni siquiera los departamentos de recaudación de fondos deberían considerar el ministerio a los donantes como el propósito que define a la organización. Es desalentador ver hasta qué punto la función de un presidente puede quedar reducida a recaudar fondos, como si esa fuera la razón de ser de su cargo.

Tampoco modifique su declaración de misión para adaptarla a los donantes. Con el tiempo, ellos —en especial los que tienen mayor madurez espiritual— se ajustarán a su misión. Cuando eso ocurre, surge entre la organización y esos donantes una suerte de magia y de mística. Encontrarán diversas maneras de colaborar y, a la vez, usted les permitirá disfrutar del gozo de saber que sus recursos están siendo bien invertidos. Quizá incluso llegue a poner el nombre de alguno de ellos a un edificio, pero su misión no habrá sido comprometida.

Recuerde que usted y sus donantes trabajan juntos bajo la autoridad de Dios para cumplir la misión que Él ha dado a su organización. Dios ha levantado esta organización para este tiempo. También es Él quien levanta los donantes para un tiempo determinado. Por eso, mantenga una relación piadosa entre la organización y el donante. Esto incluye la responsabilidad de enseñar a los creyentes que tienen abundancia —y de aplicarnos esa misma enseñanza a nosotros mismos— a ser generosos con quienes tienen menos. Ayúdelos, y ayúdense ustedes mismos, a crecer en una comprensión bíblica del éxito, en la que los logros materiales no sean el criterio para evaluar la eficacia en su conjunto. Enséñeles la mayordomía personal en lugar del sentido de propiedad absoluta, y el contentamiento en lugar del afán de acumular. Acompáñelos con delicadeza hacia una visión bíblica del dar.

Dígales a los donantes algo que ya saben, pero que necesitan escuchar una y otra vez: no tienen que dar únicamente a su organización. Ayúdelos a encontrar otras organizaciones cuya visión coincida con la suya, aunque usted considere que su ministerio es más estratégico que otros ministerios. Recomiende otras organizaciones a posibles donantes, aun cuando pudiera presentar buenos argumentos acerca de cuán valioso es su propio ministerio a los ojos de Dios. No asuma la responsabilidad de que los posibles donantes decidan o no contribuir económicamente a su causa. Eso lo librará de cargas que no le corresponden. Sí asuma, en cambio, la responsabilidad de ayudarlos a discernir con seriedad qué harán con su dinero. Así podrá relacionarse con ellos sin conflicto de intereses.

Por cierto, no hacer de la recaudación de fondos una prioridad absoluta también influye en la manera de elegir a los miembros de la junta directiva. Naturalmente, esperamos que tanto ellos como nuestro personal consideren a la organización entre las principales causas que apoyan económicamente. Sin embargo, ni su participación ni el peso de su voz dentro de la junta —o del equipo— deberían estar condicionados por la cantidad que aportan o por la frecuencia con que lo hacen. Tampoco el nivel de sus contribuciones constituye una medida completa de su compromiso con el ministerio. No elija a un miembro de la junta por su capacidad económica para contribuir. Su amistad, sus dones, sus capacidades, las necesidades de la organización y, por encima de todo, una visión compartida son los elementos que importan.

Examine con frecuencia su manera de pensar acerca del dinero, el crecimiento y el ministerio.

Segundo, procuremos cultivar un corazón para el ministerio antes que para el crecimiento y el dinero.

Examine sus pasiones. ¿Dónde están puestas? ¿En el ministerio, en el dinero o en ambos? ¿Puede mantenerlos separados? Vigile su corazón, ese corazón engañoso.

El Señor Jesús dio a entender que el dinero ejerce una singular fascinación. Reclama nuestros elogios. Aunque en nuestras publicaciones sonemos piadosos, es posible que nuestro corazón busque el dinero por el dinero mismo. Jesús también dijo que quienes trabajan movidos por el dinero son asalariados, no pastores. Pedro advierte que no debemos buscar ganancias deshonestas. Y Pablo establece que quienes reúnen las condiciones para ser ancianos deben estar libres del amor al dinero.

El antiguo dicho “el dinero sigue al ministerio” no es simplemente una obviedad acerca de las donaciones; también debería reflejarse en las prioridades que establecemos al planificar, elaborar presupuestos y llevar adelante el ministerio. Me preocupan aquí los proyectos que se crean para generar dinero bajo la apariencia de ministerio. Puede haber verdadero ingenio empresarial detrás de ellos, pero cuestiono la existencia misma de esta clase de proyectos y de las organizaciones que los llevan adelante. Debemos rechazar una y otra vez los proyectos cuya lógica principal responde a los donantes. Asimismo, debemos evitar que, casi sin advertirlo, la perspectiva de los donantes termine condicionando nuestra manera de concebir los proyectos ministeriales. No genere proyectos para generar dinero. Primero conciba proyectos para el ministerio y después planifique con creatividad las estrategias de recaudación de fondos.

Guarde constantemente su corazón, ese corazón depravado.

Finalmente, algunas sugerencias diversas sobre un estilo de vida coherente con su manera de pensar y con su corazón respecto del dinero, el crecimiento y el ministerio.

Envíos por correo: En “The Dark Science of Fund-Raising by Mail” [«La oscura ciencia de la recaudación de fondos por correo», traducción propia], publicado en The New York Times el 28 de mayo de 1995 (p. E6), Erik Eckholm describe cómo “ciertas técnicas perfeccionadas con métodos científicos incitan a las personas a enviar dinero a perfectos desconocidos”. Procure provocar indignación, temor, culpa, compasión o interés personal. “Apele a sus pasiones más bajas”. Envíe “cartas de prueba” en las que varíen la redacción, el tamaño del sobre e incluso el color de la firma. Diseñe las cartas para apelar a las vísceras, no a la razón. Se escriben de esa manera por una sola razón: funciona. Prepare párrafos iniciales contundentes, incluya una posdata, haga un llamado a la acción ¡y hasta mencione al diablo! Eckholm concluye: “Y es aún menos claro que una prosa mesurada y bien razonada llegue algún día a imponerse en una actividad que, por encima de todo, gira en torno a una sola cosa: recaudar dinero”.

Ese último comentario debería marcar una clara diferencia entre las cartas cristianas de recaudación de fondos y “la oscura ciencia y arte” del correo directo. El propósito fundamental de nuestros envíos no debería ser recaudar fondos. Como resultado, pueden generar dinero; pero nuestro propósito es comunicar con mayor eficacia la visión, las oportunidades y los logros a toda la comunidad de personas con la que Dios nos ha bendecido. Tenga especial cuidado de no incluir en su lista de distribución a nadie que no haya pedido estar allí. Preste atención también a la manera en que obtiene los nombres para esa lista. Sus cartas deberían concebirse como una pieza de comunicación ministerial, no como un catálogo de venta por correo. Cuando procure recaudar fondos mediante correo directo, no debe haber confusión alguna acerca de su intención, ni competencia con otros ministerios, ni falsas apariencias. Que quienes redactan sus cartas y recaudan fondos queden plenamente bautizados en estos valores.

En nuestra organización consideramos la austeridad operativa y la agilidad como valores fundamentales, sencillamente porque aquellos a quienes servimos —es decir, nuestros beneficiarios, no nuestros donantes— se las arreglan con mucho menos de lo que nosotros tenemos. No queremos proyectar una imagen demasiado elaborada o ingeniosa que sugiera ostentación y derroche. Lo que hemos procurado es una sobriedad con buen gusto, no una elegancia barata. Vivir de acuerdo con esta convicción es una lucha diaria. Todo lo que pueda parecer extravagante debería cubrirse con donaciones designadas expresamente para ese fin. Esto ayudará a protegerlo de críticas excesivas.

Nunca presione ni manipule a nadie de ninguna manera. Invite a las personas a sumarse para atender necesidades reales mediante una comunicación clara que refleje gozo, gratitud, necesidad e integridad. Permita que ellas decidan qué harán con el dinero de Dios y, en particular, si seguirán sus sugerencias acerca de cómo utilizarlo. Usted no está tratando de “conseguir” su dinero ni de encontrar la manera de “acceder a él”.

Política de financiamiento: Desarrolle una política sólida de recaudación de fondos. Por ejemplo, distinga entre los ingresos proyectados y aquellos que se dan por seguros. A los primeros les corresponde la salvedad de Santiago: “si el Señor quiere”. Lo segundo es pura presunción. Conozco ministerios que hacen sus planes contando con la muerte de donantes ancianos o enfermos y con las donaciones testamentarias que esperan recibir de ellos. Por desgracia, intervienen demasiadas variables. Debemos vivir con sabiduría ante un futuro que no está garantizado ni por las intenciones de los donantes ni por su muerte.

Por supuesto, comprendemos las tensiones propias de los ministerios que viven por fe. Siempre hemos de buscar la dirección de Dios a la luz de los recursos que Él provee para comenzar un proyecto o darle continuidad. Una organización puede decidir que un proyecto importante no se inicie hasta contar con el compromiso de todos los fondos necesarios o, como suele ocurrir con mayor frecuencia, adoptar un modelo de desembolsos por etapas para avanzar en un proyecto de gran envergadura. Cualquiera sea el método, respete con rigor el proceso aprobado por la junta directiva.

Si un proyecto requiere autorización de la junta y esta ha decidido avanzar según determinados niveles de gasto, no comience la siguiente etapa hasta haber alcanzado el nivel de recursos establecido. Quizá falte muy poco y la fecha límite esté cerca. Puede sentirse tentado a seguir adelante confiando en la promesa de donaciones “previsibles”. Manténgase fiel a lo establecido, aunque las voces más autorizadas del ministerio o del mundo empresarial no compartan su prudencia. La fe piadosa hace avanzar los proyectos, pero avanza sobre los rieles de la sabiduría de lo alto.

Ofrezca devolver los fondos destinados a un proyecto específico si este finalmente no se realiza o si recibe aportes por encima de lo necesario. Como mínimo, dé a los donantes la posibilidad de reasignar sus aportes. La mayoría no querrá que se les devuelva el dinero. Si alguna vez dispone de fondos excedentes, no eleve su nivel de vida ni cree nuevos programas simplemente para gastarlos. Reduzca, en cambio, sus solicitudes de fondos. Informe también a sus donantes acerca de los costos menos visibles. Y no deje de comunicar los fracasos. Su visión merece apoyo a pesar de los fracasos ocasionales.

Amistades: Cultive un círculo íntimo de amigos a quienes brinde atención sin la intención de obtener dinero de ellos. No reserve su amistad para quienes pueden dar mucho. Las personas no deberían ser sus amigas simplemente porque son donantes; pueden llegar a ser donantes porque son sus amigas. Cada semana dirijo un estudio bíblico para un grupo de personas de altos recursos económicos. No les hablé específicamente de nuestro ministerio hasta después de enseñarles durante un año. Todavía no les he hablado de dinero. Otros líderes de ministerios paraeclesiásticos han sido invitados a presentar sus proyectos al grupo. Ellos saben que nuestro ministerio necesita recursos para sostenerse. Aunque quizá nunca suceda, confío en que con el tiempo algunos de los integrantes de este estudio bíblico se convertirán en nuestros mejores colaboradores y en quienes más nos ayuden a recaudar fondos, sencillamente porque son mis amigos. De hecho, mi propia reserva me da autoridad y valor para compartir lo que la Biblia nos dice acerca de las cuestiones relacionadas con el dinero que nos atañen.

Recuerdo que el año pasado le pedí a otro amigo cercano, un donante importante, que no diera. Quería examinar qué motivaba mi amistad con él. ¿Seguiría llamándolo y orando por él con frecuencia? Por fortuna, la amistad sigue en pie. Por eso, no entable amistad únicamente con quienes pueden hacer grandes donaciones. Si no sabe cuidar de un pececillo, ¿cómo podrá cuidar de un pez gordo? Santiago nos dice que Dios se opone a la parcialidad. Que sus amistades se funden en una visión compartida y en una afinidad genuina; no las explote mediante una astucia revestida de espiritualidad.

Estilo de vida: Todos tendemos a adoptar, bajo el pretexto de la eficacia ministerial, un estilo de vida acomodado a los patrones de nuestra cultura. Observo que los ministerios procuran mantenerse a la vanguardia en materia de tecnología para aumentar su productividad. Los ministros prefieren comer en los mejores restaurantes con el dinero de los donantes. Al fin y al cabo, parecería que los herederos del Señor deben vestir la mejor ropa, viajar en primera clase y disfrutar de la mejor comida. Eso sí, sin cerveza.

¿A quién engañamos, sino a nosotros mismos? Los donantes no viven ni dan para sostener nuestro estilo de vida. Si a usted le gustan los buenos restaurantes o los buenos hoteles, páguelo de su propio bolsillo o, por lo menos, cubra la diferencia. Sea implacable consigo mismo al rendir cuentas de sus gastos. Hace falta muy poco para justificar las conductas más extravagantes en este terreno. Pregúntese si podría justificar su conducta ante sus donantes sin largas explicaciones y sin pasar vergüenza. Sea “tacaño” con el dinero ajeno y generoso con el suyo. ¿Es realmente necesaria esa llamada telefónica costosa? ¿No bastaría una nota? ¿Hace falta usar un sobre cuando podría sujetar los papeles con una banda elástica? ¿Podría aprovechar el reverso de una hoja usada para recibir un fax? ¿No debería apagar la luz del baño cuando nadie lo está usando? Integre austeridad, agilidad y sabiduría en la cultura administrativa de su organización. Siempre habrá cierta tensión entre lo que se considera eficiente y lo que se considera austero. Por regla general, conviene priorizar la eficiencia, pero deberá poder justificar esa decisión con argumentos capaces de convencer a sus donantes.

El carácter sagrado del dinero que aporta un donante es comparable al del dinero público proveniente del contribuyente. Los líderes cristianos deberían dar ejemplo de la frugalidad que esperamos de nuestros funcionarios públicos, aunque no siempre la vemos. Una vez más: sea generoso con su propio dinero, no con el de sus donantes. Contribuya también a su propia organización. Por lo menos, dé lo suficiente para cubrir esos beneficios adicionales.

En conclusión. Aprenda a esperar y a vivir con contentamiento. No actúe por impulso al hacer compras, contratar personal o ejecutar una estrategia. Por desgracia, confundimos la impulsividad con un liderazgo decidido. Manténgase, por todos los medios, lejos de las “deudas de fe”. Si usted sostiene una teología que “cuantifica la fe”, tenga esto por seguro: hace falta más fe para confiar en que Dios proveerá antes de iniciar un programa y a lo largo de su desarrollo que para asumir primero un compromiso del que ya no se puede retroceder y luego presionar a los donantes para que sostengan una decisión basada en nuestra propia presunción.

Cierro esta reflexión con una palabra sobre la gracia, porque no quiero ser duro con usted, aunque debo serlo conmigo mismo. La gracia cubre el pecado, transforma nuestras flaquezas y nos capacita para afrontar tanto el ascenso como el descenso económico. Mientras tanto, plantemos y reguemos. Dejemos que Dios dé el crecimiento. La honra y las riquezas proceden de Él. Cada vez que se sienta tentado a manipular para obtener honra o riquezas, retírese, póngase de rodillas y arrepiéntase.

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